La peleadora | Weblog de Carolina Aguirre / entradas / comentarios / feed / comentarios feed

Sé que lo han notado, porque no ha pasado un día sin que me lo digan: ya no tengo ni ganas ni energía para pelear. Estoy atravesando un período de serenidad y buen humor incompatible con este blog  y cada vez se me hace más difícil encontrar de qué quejarme o buscar líos en donde no los hay.

Me he peleado con las empresas de servicios, con los vecinos, con el lavadero, con el supermercado, con mi marido, con amigos, con lectores, incluso con una cafetera, pero cada vez menos. Y cada vez con menos ganas. Y por la falta de ganas, cada vez más aburrida.

Mi vida es buena y me cuesta quejarme. Me da vergüenza quejarme. No tengo derecho, soy una caradura. Tengo un marido del que estoy profundamente enamorada, me va bien en mi carrera y llevo, dentro de todo, la vida que siempre quise llevar. ¿Por qué peleo, entonces? No tengo idea, pero estoy cansada. Quizás sea hora de ser buena y de tener un poco de paz.

Así que después de casi dos años escribiendo La peleadora y cinco escribiendo varios blogs en simultáneo, ha llegado la hora de tomarme un descanso. Este blog termina hoy, no por pereza o porque tenga otro proyecto en mente (o sí, siempre los tengo, pero no ahora, que tengo mucho trabajo y estoy terminando una novela) sino porque ya no tengo motivos para pelear.

Les agradezco inmensamente todo el cariño con el que me han leído estos dos años. Yo, al menos, me divertí mucho leyendo sus comentarios todas las madrugadas. No es hasta nunca, sino hasta el próximo blog.

Un abrazo a todos,

Carolina

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La semana pasada, el paro de subtes me agarró a la salida de una reunión en la editorial. Los taxis y colectivos estaban tan llenos, que decidí comprarme un libro que tenía ganas de leer y sentarme en un bar hasta que pasara la hora pico. Pero eecién a las ocho de la noche (casi dos horas más tarde) conseguí un auto para volver, así que me puse de malhumor.

Carolina
Hola, Juncal y Austria, por favor.

Taxista
Bárbaro. Yo voy para provincia, es mi último viaje.
Si me decías que ibas para el otro lado, te decía que no.

Lo miré fijo. No me quise imaginar qué hubiera pasado si me hubiera dicho que no podía llevarme porque no le quedaba de paso.

Carolina
Mejor aprovechá, en esa esquina había seis personas
esperando un taxi, y una iba a provincia.

Taxista
Es que es mi último viaje. Mañana entro a trabajar a una empresa
de seguridad. Hoy lo entrego y chau manola, se acabó el cuento
del taxista.

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Este 25, 26 y 27 de noviembre Revista Joy organiza la fabulosa feria de espumantes Sparkling Nights: un encuentro para probar 120 variedades de champagne de las mejores bodegas de la Argentina.

También va a haber cinco food points con quesos, tapeos, delicatessen, cosas dulces y sushi provisto por Sushi Club, y un lounge de habanos, un auditorio con catas especiales guiadas por sommeliers de CAVE (Centro Argentino de Vinos y Espirituosas) y actividades patrocinadas por BMW, Swaroski, Corum y chocolates Lindt, entre otras marcas de lujo.

Es en el Gran Salón Panamericano del Hotel Panamericano (Carlos Pellegrini 551), de 19 a 23 horas y la entrada sale $100.

Pero ojo, que para los lectores de La peleadora  tengo cuatro entradas gratis (2 por persona, así van con alguien) ¿Qué hay que hacer? Nada, las voy a sortear entre todos los que dejen un comentario que diga “¡Yo quiero ir a Joy Sparkling Nights a…” y cuenten a qué quieren ir. Vale ir a chupar, a comer, a buscar novio o novia, a conocer gente, a aprender qué es un vino espumante, o a curiosear.

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El mundo se divide entre se quedan parados en la escalera mecánica, y los que a pesar de tomar escalera mecánica, suben los escalones. Yo soy de las que se queda parada y me molesta muchísimo que los segundos me pidan permiso para pasar. Si tanto quieren subir a pie, que usen la de material que está del otro lado del subte.

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El mundo se divide entre los que se tragan la semilla de la mandarina y la uva, y los que las sacan una por una antes de comer la fruta. Yo soy de los primeros y me mantengo lejos de los segundos, que son quisquillosos, problemáticos e infantiles en todos los órdenes de la vida.

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El mundo se divide entre los que apenas llega el delivery agarran las empanadas que ellos pidieron (se ponen todas “las suyas” en el plato como si fueran perros) y los que van viendo sobre la marcha, probando un poco de todo, sin preocuparse por quién pidió cada una. Yo soy de los segundos y siento un profundo rechazo por lo vulgares y angurrientos que son los integrantes del bando opuesto.

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El mundo se divide entre los que esperan que el chino les embolse las compras y los que se las embolsan solos mientras el chino les cobra. Yo soy de los segundos, y como es de esperar, siento un desprecio escandaloso por cualquiera del otro grupo.

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Cualquier reunión que involucre más de cinco personas me da ganas de morir. Llámense bautismos, comuniones, casamientos, fiestas de 15, o Navidades. Todas me dan cáncer, en especial si hay música para bailar o si tienen un costado religioso, porque soy de esas ateas militantes que se envenenan viendo gente que se para, se sienta, se para, se arrodilla y se vuelve a sentar en una iglesia.

Como todos los ermitaños cínicos y odiosos, apenas llego a la fiesta, me agarro una botella, me ubico en una mesa bien alejada, empiezo a contar los minutos y a reírme de la cursilería de la gente. Y como todos los ermitaños, no hago nada en especial más esperar que bufar, burlarme y revolear los ojos mientras mi marido conversa de forma hipócrita y exagerada con gente que no ve hace quince años.

De hecho, sería un ermitaño más si no fuera porque tengo un talento que ningún otro ermitaño tiene: soy la locomotora del tren de la amargura.

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Cada vez que viene Coto a entregar el pedido me peleo por lo mismo: me piden la tarjeta de débito antes de que pueda revisar si trajeron todo bien.  No importa quién sea el cadete, la discusión es siempre igual: yo le digo que primero quiero checkear el pedido y que no voy a pagar algo que no vi, y ellos que no tienen tiempo para que yo revise. En vano digo que es de locos que quieran cobrarme a ciegas; ellos insisten con que todos lo hacen así, con que es demasiado tiempo, con que está todo lo que pedí.

Hoy, por primera vez, no dije nada. Me dolía la cabeza, así que le di la tarjeta y fui a la cocina a prender la caldera porque la gata y yo nos estábamos muriendo de frío.  Pero cuando cerré la puerta y empecé a acomodar las cosas en la heladera, vi que me habían traído seis coca colas comunes que no había pedido.

Apurada, le toqué timbre al encargado para que lo detuviera y bajé, hecha una furia. El cadete bufaba en el hall del edificio.

Carolina
Disculpame, me trajeron seis cocas comunes que no pedí.

Cadete
Ah, yo no sé nada, yo entrego el pedido.

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1. La gente que saca fotos del paisaje desde arriba del micro

Basta que un micro o una lancha se arrime a una cascadita o deje ver una montaña detrás del bosque para que cinco o seis energúmenos se peguen como mosquitos contra el vidrio y empiecen a tirar fotos pelotudas para todos lados. Yo desconozco para qué quieren esas fotos desencuadradas y fuera de foco desde atrás de un vidrio roñoso, pero transforman un momento que debiera ser de paz y comunión con la naturaleza en un triste episodio de turismo pobre. No veo la hora de empujarlos desde el micro en movimiento con cámara y todo. ¡Sacá fotos de la zanja, pelotudo!

2. Que los hoteles y hosterías se empeñen en organizar eventos para la familia

Hacés 1100 kilómetros y ahorrás todo el año para pagar un bungalow con vista al mar o al lago para escaparte del ruido, de la música horrible de tus vecinos, y de la mediocridad pordiosera de la clase media argentina y cuando llegás, el retrasado mental que regentea la hostería no tuvo mejor idea que armar una noche de bingo familiar, un show de tango o una cena show con pizza libre. ¿Quién va a ir a San Martín de Los Andes a escuchar como una fracasada canta boleros de mierda con un micrófono que acopla mientras un malón de pelotudos se atraganta con pizza libre? ¡Que alguien los clausure por favor!

3. Que los hoteles alejados de la capital se hayan quedado varados en 1996.

La vista divina. La decoración muy pintoresca. El servicio, genial. Pero por qué mierda todas las hosterías del invierten todas sus ganancias en emprendimientos mogólicos como salones de juegos, canchas de paddle y clases de salsa que nadie con dos dedos de frente quiere hacer.  A ver si nos entendemos: estamos en el año 2009, los chicos de 17 años de hoy no juegan al memotest ni quieren ir al bingo familiar, quieren WIFI. Dejen de poner plata para comprar armarios lleno de payanas ycajas de estancieros y logren (sé que les cuesta) que el WIFI llegue a las habitaciones. No alcanza con tener una 386 con internet en el lobby, los noventa terminaron hace mucho tiempo.

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